Monday, June 08, 2009

Terror

...al vacío. Pensé que lo había perdido todo. Y aún no sé ni siquiera cómo coño he logrado rescatarlo de las garras del olvido. Ay, por Dios...

Wednesday, August 30, 2006

Fracaso

Cuando uno hurga en su memoria, inmediatamente piensa en una araña. Como una arañita, tendí mis hilos hacia el pasado en busca de breves iluminaciones. Pero creo que, en conjunto, fallé por un motivo: como decía Bette Davis, el atrás no existe. El pasado tampoco.

“No dejes que tus ojos conozcan lo prohibido” es una de las frases favoritas de mi madre (me temo que con conocimiento de causa). A Tiresias, sin ir más lejos, los dioses le castigaron con un cambio de sexo por haber visto dos serpientes apareándose (otras versiones sostienen que sorprendió a Atenea en plena toilette, pero me temo que la visión de dos víboras en pleno coito debe ser casi tan fuerte como la de tus padres encargando un hermanito). A mí, simplemente me cambiaron de sexo; lo prohibido tuve que averiguarlo por mi cuenta. Nunca me arrepentiré lo bastante. Sobre todo porque lo prohibido no era para tanto.

A lo largo de un año he querido revivir mi propio cadáver. Error. Pero, bueno, nunca es tarde para darse cuenta de que uno está equivocado. Lo mismo que no basta con beber como Truman Capote para escribir como Truman Capote, no basta con hacer memoria y atiborrarse de bollería fina para escribir como la tiíta Prou. Y eso que, lo sé, a veces mis frases se estancan en meandros como cayucos atiborrados de nigerianos famélicos (para muestra un botón, sí). En fin, qué se le va a hacer…

Un último recuerdo: ayer, tras una comida abominable, me acordé de lo que me dijo mi hermana C., tras un fin de semana también bastante execrable: “Mantente alejado de las ocarinas, a menudo esconden cerbatanas…” Qué razón llevaba, la tía puta. Qué sabia.

Adiós.

Pudor

El pudor, como la historia de la religión (la católica, básicamente, ya que no vivo en Timor), debería ser una asignatura obligatoria en los planes de estudio. La falta de pudor es la culpable de… En fin, la falta de pudor es la culpable prácticamente de todos los males que veo a mi alrededor. Con un poco más de decoro, el mundo sería un lugar mucho más agradable.

En mi caso, la falta de pudor me ha llevado, en la mayor parte de las ocasiones, a hacer el ridículo. Y algo peor: a serlo. Ejemplos: mi primer día de colegio, mi primer polvo, mi primer despido, mi primer divorcio… Todos esos son recuerdos dolorosos, pero no por culpa de los demás, sino por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa. Y por mi estupidez, claro. Y por mi falta de decoro. Sobre todo, por eso.

Thursday, August 24, 2006

Sinsuelo

No tengo suelo en casa. En el dormitorio, las vigas están al aire como el esqueleto de un antílope. Hace un año me compré mi apartamento, pensando que algo que había durado más de 150 años tenía cierta voluntad de permanencia. Estaba equivocado. Como decía Leo Macías en La flor…: “El mundo entero puede cambiar de la noche a la mañana”. Yo, sin impostar tanto la voz como Marisa Paredes (con peluca) / Eusebio Poncela (sin ella), puedo ratificarlo. El mundo a mí, como me da un poco igual —total, ya estaba hecho unos zorros—; pero el suelo de mi casa… Ah, no, ésa es otra historia. Una historia que, desde el pasado martes, conozco demasiado bien.

No tengo suelo. No tengo casa. Ningún recuerdo es comparable a esto.

Wednesday, August 23, 2006

Mentira

Es increíble —en los últimos años, los límites de mi credulidad se han ampliado más allá de donde abarca la vista y ya, prácticamente, me lo creo todo—, pero me sigue resultando fascinante la construcción de una personalidad a través de las palabras. Empecé a escribir en hojas sueltas pequeños apuntes de lo que me pasaba y de lo que no me pasaba y, con el paso del tiempo, las páginas de lo que no me pasaba fueron comiéndole terreno a las otras, verídicas, sí, pero mucho más inverosímiles.

Después, abandoné esa costumbre. Una psiquiatra, mi prima, me dijo que esa era la mejor manera de provocarme, si es que no los tenía ya, brotes psicóticos. Me imaginé azuzando a la esquizofrenia como los cazadores hostigan a las zarigüeyas en sus madrigueras. Y me dio miedo. Digamos que, más que abandonar esa costumbre, fue ella la que me abandonó a mí.

Al cabo de los años, me encontré con una bonita ristra de cuadernos en los que consignaba hechos insignificantes y anhelos no menos insignificantes. Cuando releo esos cuadernos, una actividad a todas luces masoquista —el decoro, un hábito desafortunadamente en desuso, me impide a veces llegar más allá de la primera línea (qué horror, qué cursi, qué marica puedo llegar a ser; es espantoso)—, me doy cuenta de que mi prima llevaba razón. Pero al revés.

Escribir sobre uno mismo, cuando eres sincero, es una actividad narcisista, adolescente y básicamente estéril. Los diarios, las memorias y las biografías son un género que me sigue fascinando, sobre todo cuando mienten. Cuantas más mentiras vierte el biografiado sobre sí mismo y sobre los demás —llámalo mentiras o, directamente, difamación—, más me interesa lo que me cuenta. Por eso mis escritores favoritos son básicamente unos hijos de puta. Porque son más auténticos cuanto más falsos son.

Y yo, al mimar los recuerdos como otros miman sus laceraciones, como los yonkis exhiben sus llagas —lo sé, vivo al lado de una plaza llena de ellos: hacen competiciones y se muestran unos a otros, con un orgullo que me pone los pelos de punta, sus últimas laceraciones, sus pústulas supurantes, incluso sus muñones (debe haber una erótica para mí desconocida en este tipo de minusvalías tipo Crash*)—, me entrego al mismo tipo de solipsismo. Al mismo tipo de patología.

Vamos, que estoy súper a favor de los farsantes.

* [Recuerdo que cuando vi esta película por primera vez en la Ciudad Funeraria (la de David Cronenberg, no el espanto ese al que le dieron el Oscar este año), sólo había dos espectadores más en la sala: dos hombres maduros que, en determinada escena —creo que cuando Rosanna Arquette se tira con el muñón a James Spader—, empezaron a pajearse de manera salvaje. Muy edificante.]

Tuesday, August 22, 2006

Verdad

Mi relación con la palabra empezó muy pronto. Como mi relación con la imagen. El cine me ha influido tanto o más que la literatura. La gente es muy fascista con la palabra, sobre todo con la palabra escrita, pero para mí la imagen congelada es tan importante como la palabra escrita. Cine y literatura convirtieron mi vida en un infierno. La ficción tuvo la culpa de todo, como Yoko Ono. La ficción y la mentira.

Hoy, cuando se cumple casi un año desde que empecé este blog de memorabilia personal, me doy cuenta de que en realidad todos y cada uno de mis recuerdos son mentira. Uno piensa que lo vivido le servirá para algo, como el viaje del que acabo de regresar (“Me pillas en Braga”, literalmente; por cierto, si tenéis la oportunidad de ir a esa ciudad, no dejéis de visitar la librería Centésima Página: fantástica), pero lo vivido, al final, no sirve para nada. Lo vivido es un pálido reflejo de lo leído, de lo visto, incluso de lo que nunca vivimos. Lo vivido es mentira. Porque si algo te enseña el cine, los libros, la imagen congelada y la letra muerta, es que la mentira es verdad.

Si tengo que buscar culpables —y siempre lo hago—, el verdadero culpable soy yo. Por creerme tantas y tantas mentiras. Al final, todo es una enorme maraña de mentiras, las ajenas y las propias.

Tuesday, July 18, 2006

Basta

Soy un ingenuo. Creí que el ser humano tenía arreglo. Y lo tiene. Una ejecución. En masa. Así es como me siento. Me siento, una vez más, estafado.

Ya me he sentido estafado un montón de veces. Siempre en el trabajo. O casi siempre. La verdad es que uno piensa que esta-vez-será-diferente-lo-presiento. Pero no. Siempre es igual. El trabajo consigue sacar lo peor de mí, de ti, de todo el mundo. El trabajo realiza al hombre, pero el problema surge cuando el hombre no tiene realización posible porque el hombre en concreto, y ese hombre en concreto es siempre un jefe, además de jefe es una bestia. La peor clase de bestia. Un empresario. Ese tipo de empresario que hace promesas, promesas, promesas…

La verdad. Siempre es igual. La misma desazón. El mismo asco. El mismo desprecio. Lo mismo, lo mismo, lo mismo.

QUIERO MATARLOS A TODOS. ¡A todos!

Wednesday, July 12, 2006

Muertos

Me encuentro en una fase furiosamente necrófila –más, si cabe– de mi vida. Estoy leyendo un libro escrito por mi tío sobre mi bisabuelo, una especie de hagiografía delirante por la que me entero, entre otras cosas, de que Arturo Rubinstein tocó en la Ciudad Funeraria en la década de los 20. Oigo misas de réquiem en casa, en el trabajo, en todas partes (incluso cuando no las oigo). Casi todas las películas que veo son un catálogo de muertos. Divinos muertos. De mis gustos en materia artística, es más, de mis gustos en todas sus manifestaciones, mejor no hablar. En fin… La muerte me rodea y no me siento a disgusto en compañía de mis cadáveres. Los muertos son mis amigos.

¿De dónde me viene esta fascinación por la muerte (la letra muerta, la imagen muerta, la palabra muerta…)? ¿Por qué me interesa el pasado mientras que el futuro me deja indiferente (del presente no hablo; el presente me espanta; el presente debería estar prohibido)? ¿Por qué me siento más cómodo en un catafalco que Adriano en unas parihuelas? ¿Por qué siempre, siempre, siempre prefiero los ecos a las voces?

Si miro atrás, no recuerdo que mi infancia fuese especialmente espantosa. No más, desde luego, que la de otros miles, millones de niños mariquitas en aquella época en la que a la pizarra le llamaban encerado. Ah, no, ni siquiera puedo echarle la culpa al tío Sigmund: no tengo ningún estigma oculto al que culpar de mi fracaso vital. Entre la vida y la muerte, yo me quedo con la muerte. Siempre. Entre una película de 2006 y una de 1926, yo me quedo con la del 26 (Metrópolis, sin ir más lejos; aunque el imdb dice que es del 27, pero está equivocado). Entre un libro de 2006 y uno de 1924, yo me quedo con el del 24 (El sombrero verde, de Michael Arlen, sin ir más lejos). Ante un cuadro, un mueble, una canción o un pecado de acabado brillante, suelo huir despavorido. Me eduqué en la tradición de los cromados mates, qué se le va a hacer…

¿Dónde surge todo? ¿Cuándo nació? ¿De mis lecturas iniciales (Agatha Christie, por ejemplo)? ¿De mi primer amor, Sebastian Flyte? ¿De mi familia? ¿De mi madre? ¿De aquella primera visita al cementerio, aquel cementerio en ruinas ya cuando era niño?¿De los ramos de crisantemos amarillos que vendían el Día de Difuntos? ¿De las infusiones de adormidera cuando no podía dormir? ¿Del jardín?

Cierro los ojos y veo un panorama escalofriante: mis muertos y yo, como uno de ellos. Conversando con ellos, durmiendo con ellos, comiendo con ellos, leyendo con ellos (y a ellos), escuchándolos, hablando con ellos, pidiéndoles favores y consejo… Viviendo con ellos.

Sí, la Ciudad Funeraria me marcó. Convirtió mi vida en una eterna profanación de tumbas. Como el doctor Pretorius, me he convertido en un connoisseur de la carroña. Y me encanta.